Génesis de mis pesadillas – 2da parte
Las Galletas QuemadasEl Señor Guillén era el último bastión del Santo Oficio en el Perú. Era un radical católico que fue entrenado por la línea dura de la educación peruana. "La letra con sangre; entra" era su lema. Uno se enteraba de este personaje desde el momento que veía su paquiderma figura rengueando por los corredores del colegio. Era un déspota a quien en los cuatro años en que fue mi único profesor, jamás lo vi reír.
No permitía a nadie llamarlo profesor, El explicaba abiertamente que él no era un simplemente un profesor, él era un maestro, un Señor. Así que se hacía llamar Señor Guillén. El señor Guillén era un personaje temido por los alumnos, envidiado por los demás profesores, engreído por los curas, respetado por los Directores, vilipendiado por el SUTEP (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú), santificado por los padres de familia e intensamente odiado por mí.
Recuerdo que rezábamos dos horas diarias, cada día el mismo rezo, cada palabra se repetía día tras día. Rezábamos por las almas del purgatorio, por los curas indefensos, por las hermanitas de la caridad, por las monjitas santas, por el santo padre, para que la Santísima Virgen se digne interceder por nosotros, para que algún día podamos entrar en su santo reino.
El profesor Guillén era un cucufato perfecto. Estaba obsesionado con el Juicio final, las almas del purgatorio y el infierno de azufre y fuego donde uno se quema por las eternidades. Nuestro salón de clase parecía una parroquia. Una enorme estatua de la Virgen vigilaba a lado de la pizarra, las paredes estaban cubiertas con sangrientos crucifijos, afeminadas pinturas de Santos y algunos mapas en latín.

Era un hombre intenso de figura desbocada y de voz profunda. Siempre vestía la misma camisa y el mismo pantalón impecablemente limpios y planchados. Usaba pelo muy corto, pues decía que solamente las mujeres son capaces de perder el tiempo frente al espejo. En mi clase no se admitían niñas, pues la mujer es la culpable del pecado original. Recuerdo la vez que nos dijo con voz solemne: Las mujeres son la razón de la estupidez del hombre, son materia mortal. Luego nos miro fijamente y sentenció: Nunca confíen en las mujeres… A las mujeres hay que dominarlas pues son como niñas caprichosas, que necesitan disciplina. Recuerdo también que nos hacia repetir estas frases varias veces, pues era su manera de enseñarnos algo importante.
Luego de dos horas de rezo, aprendíamos Catecismo. La clase consistía en ponernos en fila y ver si habíamos aprendido de memoria nuestra lección de catecismo. Uno a uno los niños recitábamos el catecismo con precisión. El preguntaba, y yo respondía.

-Dime hijo, ¿Hay un Dios?
Si padre, Dios hay.
-Dime hijo, ¿Cuántos Dioses hay?
Hay un solo Dios verdadero.
-Dime hijo, ¿Cuál es la esencia de Dios?
La esencia de Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Tres personas distintas y un solo Dios.
-¿Cómo se puede explicar esto?
No se puede explicar Padre, porque es un misterio.
-Dime hijo, ¿Qué es un misterio?
Es una verdad que no podemos entender pero que debemos creer,
Mis respuestas fueron correctas y exactas, mas el Señor Guillén notó que yo no tenía puesto mi escapulario de la virgen. -¿Dónde está tu escapulario? –me preguntó en tono inquisidor- Intenté darle una explicación pero los nervios me traicionaron y empecé a tartamudear, él me interrumpió y sentenció como un trueno – Al rincón quita calzón!
El rincón era la esquina de la clase, donde todos los sentenciados esperábamos nuestro castigo, era un lugar parecido al limbo, un lugar entre la vida y la muerte, los niños sentenciados llorábamos por que sabíamos el castigo: Las galletas quemadas.
Si, en una ironía muy al estilo del despotismo medieval, El señor Guillén bautizó como ¨Galletas Quemadas¨ el ritual inquisitorio para disciplinar a esas almas descarriadas y blasfemas que éramos sus alumnos. Para tal efecto, encomendó a un carpintero una espada de madera pesada. La madera era gruesa y estaba pulida y embarnizada, tenía un mango para su mejor manipulación, y poseía un orificio que servía para colgarla en la pared como si fuera la espada de un cruzado, que descansa luego de haber defendido la fé en alguna guerra santa.
Las galletas quemadas eran todo un ritual de doble efecto disciplinario, tanto los castigados como el resto de alumnos testigos participaban del ¨Auto de fé ¨ privado del Señor Guillén. Aquellos que estábamos en el rincón formábamos una fila como corderos rumbo al matadero, avanzábamos lentamente hasta el final del salón de clase. El señor Guillén daba la orden: - A dormir! – Y todo el resto de niños sentados cerraban los ojos y ponían su cabeza entre los brazos extendidos, estaba totalmente prohibido mirar la ejecución bajo pena de galletas quemadas.

Para quienes estábamos en la fila de los ejecutados, le escena era surrealista: Cincuenta niños durmiendo en sus mesas guardando un silencio sepulcral,la mirada complaciente de los santos colgados en la pared, los dos alumnos más grandes de la clase estaban parados a ambos lados de una carpeta usada como potro de torturas y el inquisidor esperando con la espada desenvainada
El primero de los castigados al momento de recibir las galletas quemadas, chilla como un marrano cuando es separado de su madre, el segundo llora como una niña.Algunos niños se resistían y eran arrastrados por la fuerza.Recuerdo que en un acto de rebeldía, decidí que yo no lloraría, que no le daría el gusto al inquisidor. Al llegar mi turno, reposo mi pecho en la carpeta y los ayudantes me sujetan los brazos. Sin más anuncios que el sonido de una explosión, siento que mis nalgas rechinan de dolor. Grito como una hembra, me olvido de mi promesa de no llorar, el dolor es insoportable, trato de zafarme y escapar cuando el sonido de la espada de madera surcando el aire se estrella en mí por segunda vez. La piel de mis nalgas se sensibiliza lo que hace la segunda galleta mucho más quemada.
La desesperación de tratar zafarme es interpretada por el Señor Guillén como un acto de rebeldía, así que entorna la espada para golpearme con el filo, éste golpe me tatuó una roncha roja por semanas.
La fila de llorones se amontona al frente de la clase, esperábamos la ominosa segunda parte del ritual de las galletas quemadas, Llorando y con los mocos afuera, uno recibía insultos orquestados por el mismo Señor Guillén. –!Cosacuche! – gritaban los niños de la clase, -Traga aldabas! !Por que te quitas el escapulario !-.
Luego en una escena digna de ser elevada a la inmortalidad por algún pintor apostólico del renacimiento florentino, los arrepentidos niños nos arrodillábamos en frente de la estatua de la Virgen y pedíamos perdón por nuestra herejía de quitarnos su santa imagen. Las lágrimas, los mocos, y los chillidos convertían la escena en un ¨acto de contrición perfecta¨ descrito en nuestro catecismo.
En el ocaso del domingo, las campanadas del convento de San Francisco invitaban a la gente a venir a la misa. Las campanadas tenían un tono acelerado y redundante. Yo odiaba esas campanadas, pues me recordaban que debía abandonar mis juegos y sentarme inmediatamente a hacer mis deberes de la escuela. Era como si las campanas se divertían con mi paranoia. En mi mente de niño, el sonido de las campanas me anunciaba otra semana de colegio con la rencarnación de Torquemada, el Señor Guillén.
Abel